MÚSICA BETHOVIANA

MÚSICA BETHOVIANA

martes, 21 de septiembre de 2010

CARTA A BEETHOVEN (Música universal)


Admirado Beethoven:

Tenía pensado, Ludiwig, no acudir a los biógrafos y circunscribirme a darte las gracias por las iteradas veces que me trasladas a ese mundo desconocido a través de tu música, mundo de donde emana tu inspiración rozando los pliegues del Paraíso. Me sucede siempre cuando cierro los ojos y el solo de violín del “Benedictus de tu Missa Solemnis” me envuelve de brisas místicas. No ha sido así. Y curioseando leo de Franz Schubert lo que en otras palabras menos precisas de mi parte pensé siempre de ti. Dice así: “Lo sabe todo, pero nosotros todavía no podemos comprenderlo todo y habrá de correr mucho agua por el Danubio antes de que todo cuanto ha creado este hombre sea comprendido generalmente”. Y lo explica: “No sólo porque es el más sublime, el más fecundo de todos los músicos, sino también porque es el más fuerte. Es tan fuerte en la música dramática como en la épica, en la lírica como en la prosaica, en una palabra, lo puede todo”. Y matiza: Mozart con relación a él es como Schiller con relación a Skaesperae no se le comprenderá en mucho tiempo. Todo el mundo comprende ya a Mozart, nadie comprende bien a Beethoven. Para esto habrá que tener mucho espíritu y todavía más corazón y ser indeciblemente desgraciado en amores o simplemente desgraciado”. Decía esto Franz Schubert cuatro décadas después del profetismo de Mozart, ante una sencilla improvisación pianística de tu parte.” Reparad en este hombre. Un día será célebre en todo el mundo”.

Aún sigues siendo referente de contradicción con los filias del clasicismo de Mozart y Haydn, para quienes la pureza musical ha de estar asentada en la matemática y no en la irrupción de un canon para sustento del crítico cerebral y delicia de los amantes de la música que buscan en la interiorización un disfrute pleno.

En absoluto mi devoción por tu música desplaza a otros autores, como una estrella cercana las galaxias, pero me bastaría tú música para realizar el más largo viaje al interior del ser e intuir el tuyo propio que me pienso que es fascinante.

Hay tres maneras de llegar a ti: Una a través de los biógrafos; dos, a través de tu obra, inagotable de ideas emulando a tu amigo Goethe, Schiller y Kant. Y una tercera, que es dejarse llevar por los efectos del corazón al escuchar tu música. Esta última me parece la más sensata. De suyo es mi filosofía, pero me temo que tampoco pueda ajustarme a mi propio mundo, que es muy reducido, y tenga que, al menos, recurrir a testimonios contemporáneos tuyos certificando mi juicio personal.

Nadie y nada me empujaron a adquirir tus obras. Ni un comentario llegó a mí que me invitara a la curiosidad. Yo no leo y después compro. Compro lo que leo en lo que voy a comprar. Y me hice con la colección de los clásicos, menos una obra tuya que me sedujo un artículo de Álvaro Cunqueiro comentando la impresión personal de tu opus 97 “El archiduque”, incomún en él, no tanto en el estilo cuanto en el tema, lo que avivó más mi curiosidad.

Salvo error, este escritor mondoñense no había escrito nada sobre música por lo que su comentario de asombro incentivó mi curiosidad. En la contraportada del disco, se recoge lo siguiente: “El primer movimiento – palabras tuyas – constituye una ensoñación rebosante de serenidad. En el segundo, se alcanza el punto de máxima intensidad. En el tercer tiempo se cambia la serenidad por la emoción, la pureza, la devoción. Para mí – dices – el andante representa la expresión más acabada de santidad y bienaventuranza”. Hiciste bien aclarar estas virtudes en conversación privada con el maestro Antón Schindler pocos días antes de tu muerte que no deja espacio a la vanidad o la mentira y mucho más desde el lecho.

Aun cuando no puedo presumir de conocer los entresijos del arte musical, creo que sería la primera obra que no necesitaría de tu aclaración porque todos esos efectos asoman, penetran y dominan al melómano de normal sensibilidad. Lo tengo casi rayado. Suplo esta deficiencia con la memoria reavivando el delicioso diálogo entre el piano, violín y violonchelo en tiempos de soledad buscada.

Estoy seguro que de seguir condicionado a los valores de proporción, simetría y equilibrio de una composición clasicista tu obra estaría dentro de la galaxia de los autores clásicos, no como estrella rutilante marginal., Y me vino a la memoria un fragmento de un crítico que entrecomillo por su contenido que no por su expresión literaria que decía así más o menos de ti: “… nunca sacrificareis una bella idea a alguna regla tiránica; …tengo la impresión de que poseéis varios cerebros, varios corazones, varias almas”. Encaja perfectamente con el “andante cantabile ma pero con moto”, porque en verdad los instrumentos hablan como si fueran tres amigos rozando los pliegues de la eternidad.

Sé qué profesabas un afecto y un cariño poco frecuentes al Archiduque Rodolfo de Austria, hijo del emperador Leopoldo II, de aquí su titulación de la obra musical, y a quien le dedicarías también la Missa Solemnis al ser elevado a categoría de Arzobispo de Olmuzt, otra obra tuya a la que dedicaré mi impresión, pero quien realmente te introdujo en el mundo de las ideas universales fue tu preceptor culto y refinado Christiam Gottob Neefe con el estudio de los poetas de la antigüedad y a Schiller en particular, investigando un nuevo mundo de las formas, la revelación de un nuevo lenguaje universal y que más tarde tú mismo aplicarás a la música definiéndole como un arte más sublime que toda la sabiduría y toda la filosofía”. Este preceptor no era tan valiente como tú, tan impulsivo y te adentra en el estudio de Haydn y de Mozart sin que influyera en ti al dejarte llevar por tu propio instinto. Y creas una nueva concepción de la música denominada romántica. No me gusta esta acepción si no es por el conjunto de autores a partir de tu muerte, que en ti la sublimación va más allá del corazón que no sea en aquellas obras de amores frustrados, y que no son precisamente estas dos genialidades mencionadas y remitidas al Archiduque y posteriormente Arzobispo de Olmutz Rodolfo. No todo lo subjetivo es romántico. Kant no es romántico y es subjetivo. Y Goethe que según tú ejerce sobre ti un ritmo insustituible en el pensamiento y en la literatura.

Un genio no pertenece nunca a su tiempo. Les pasa lo mismo a los profetas, al mártir de una causa universal. La visión que tienes del hombre, de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma que no eran frecuentes canapés que se servían en la Corte, es favor que debes a Emmanuel Kant. De esa interiorización de tu parte por conceptos tan valiosos es de donde deriva tu inspiración y que tu música sea un arte propio, singular e irrepetible por tus sucesores. Y dejando atrás episodios humanos, reacciones viscerales, conformas un mundo elaborado en tu interior a base de brisas y de poesía que traspasas al pentagrama. La definición de ti no la da tu entronque con el mundo social que te rodea, si no con tu parte más secreta e íntima que hace que todos los que te conocen definan tu obra, como decía al principio Franz Schubert, de misteriosa.

A ti se te puede aplicar la respuesta que Goethe dio cuando le preguntaron para quien escribía: “No lo sé supongo que para unos pocos. Nunca pretendí complacer a la multitud, pues lo que yo puedo hacer la multitud no lo quiere, y lo que todo el, mundo quiere, yo no lo puedo ni lo quiero hacer.

Tras una breve respiración, remata: “Aunque me sea posible consagrar mis últimas fuerzas a la tierra, mi pensamiento se encuentra apartado de la vida, está en otra aparte, en el mundo inefable de las cosas inciertas”.

No me extraña en Goethe respuesta que tu das con la música cuando fue engendrado por una mujer, Elizabet Textor, que poco antes de morir le escribe a su hijo: “Que tu paso por la vida sea como el paso de un hombre por la nieve, en la que deja un rastro pero no la ensucia.”

Estoy barajando, como ves amigo Ludwig, vidas, filosofías, mentes, conceptos que no encajan en mi tiempo. A igual que Mozart que pese a la estima de la nobleza, del dulce encanto en la Corte murió en la miseria, pasaría otro tanto contigo de haber nacido un siglo o dos más tarde. Se entiende, pues, que no seas el preferido en los pomposos conciertos en los odeones del planeta, aunque también quiero decirte que son legión los que te adoran. Abundan los que piensan como el joven teólogo Kart Armenda, excelente violinista de afición cuando decía: “Erudición, erudición y más erudición, pero nada natural, nada de melodía”. Le borro el adjetivo de excelente, a no ser que padeciera del mismo mal que tuviste tú y no pudiera recrearse en esos pocos pero maravillosos conciertos para orquesta y piano, orquesta y violín. Pienso a veces que los solos de violín en tus conciertos han pasado por el agua bautismal y tu conciencia por el río Jordán. Sólo así se puede extraer una lírica sin mácula y una expresividad de otra galaxia donde la pureza es el componente principal.

Es el caso de tu obra “Concierto en Re mayor, op.61” hasta el punto de condicionar en mayor grado la evolución musical posterior en compositores de la talla de Mendelssohn, Schumann, Brams., Grieg, Cjhaikovsky. Sin una facultad genética para desligarse del mundo imperfecto, conocedor de tu carácter fuerte y por tanto expuesto a la sinrazón, no sería posible dejar luego que el alma, en forma de violín, estuviera más cerca de los ángeles que de la humanidad. Si no fuera que todo es tuyo, que nadie reclama la autoría de tu ingente obra habría que darle sentido literal al que dijo que había en ti cerebros, corazones y almas varias que para un psicólogo sería un ente extraño. A mí no me alarma si lo que transmites es belleza y esa dicotomía sólo asoma en los momentos álgidos de la inspiración para que lo prosaico no se mezcle con lo sublime. Lo sublime es siempre una elevación hacia mundos soñados que sólo duran el tiempo de una composición musical tuya.

Quiero hacer una pausa larga y respetuosa. Resulta que en 1.829 has de recurrir al cuaderno para sostener una conversación. Tu sordera ya no admite el trueno, la detonación de una bomba, el grito de tu gente próxima. Te quedan ochos años de vida. A partir de ahora has de recurrir al recuerdo, al alma que no necesita de sentidos. Tu mirada es el todo y lo que veías te disgustaba. Lo reflejabas en el rostro. De depender de la visión tus obras serían patéticas. Te resistes, no obstante, a perder tu sello inconfundible de interiorización, y surge el milagro de tu obra cumbre la Missa Solemnis donde la súplica, la alabanza, el dogma, Jerusalén y el perdón tienen su adecuada y solemne expresividad convirtiendo la oración en arte y el arte en oración. Y pienso si es necesario sufrir para merecer tanta belleza como el “Claro de Luna”, sonata, para expresar los sentimientos que inspiraba a la joven Giulietta Guicciardi, de una gran profundidad y, posiblemente, y de tu sordera para regalarnos el “Benedictus” de una finura angélica. Te lo dijo Teresa Malfatti: “Para ti, pobre Beethoven, la felicidad que viene de fuera es completamente imposible. Debes crearte todo en ti mismo, ya que sólo en el mundo ideal encontrarás amigos” y añado, la inspiración. Con estos antecedentes ¿a quien puede gustar tu obra si no quiere pensar, si rechaza creer, si provocas misterios, si alertas lo

vulgar?

Por si la sordera te aislaba del mundo real., se suma una dolencia pulmonar. Su edición lo tuviste que festejar desde la tumba. Y por una vez, parece que hay que morir antes - el todo mundo musical se inclinó delante de tu magnifica obra que superó a su tiempo con paso de gigante y rindió a su manos, según el editor Schott, el tributo de veneración que se te debía. Y correcto con tu conciencia no tienes inconveniente alguno en manifestar al archiduque tu complacencia y que si bien en Palestrina; Bach y Haendel habías encontrado un verdadero valor artístico, que tu máximo objetivo seguía siendo “la libertad, el progreso en el mundo del arte como en toda la gran creación”.

La muerte avisa, no sé cómo y de qué manera, pero avisa. Una premonición, una catarsis espiritual, una enfoque distinto de la vida, un deseo inédito por lo trascendental, una relajación psicológica sin motivo. Yo no creo que tu sordera fuera una advertencia tan seria, aunque la dolencia pulmonar por su gravedad te enviara mensajes de un mundo nuevo, ideal por el que venías caminando dejando en cada paso la impronta de tu arte inigualable. Esa gimnasia diaria al interior del ser y esa floración de tu creatividad que nada tenía que ver con la realidad del mundo tampoco debió provocar en ti una tormenta de sentimientos cruzados, si no sería imposible dejar para el final dos de las mejores creaciones musicales, o más, pues a la producción en Si bemol Mayor opus 97 y a la Missa Solemnis habría que añadir como poco la grandiosa obra de la historia de la música europea como es la sinfonía numero 9.

Leo y leo, y me exaspera que críticos e historiadores comenten la obra vinculada a una concepción política, a un cambio de mentalidad litúrgica, a una deficiente salud, o por el método comparativo. Tu mismo, antes de que se produjera un torrente de juicios su puesta en escena, le hiciste e saber al archiduque Rodolfo tu respeto por la música sacra mencionando a Palestrina, Haendel y Bach, pero que querías dejar libremente tu huella. Luego la crítica debería centrarse si la huella es perenne, o efímera, si merece atención o dejar que una ola de mar la borre.

No es extraño que te acompañara la naturaleza en tu agonía. Cuando empecé a admirarte no quise condicionar mi querencia que no emanara de tu obra, del placer de escucharte. La noventa sinfonía es un preludio a tu visión de Europa pero sobre todo a tu espíritu de reconciliación reflejada en un pensamiento tuyo hecho palabra: “No reconozco otro signo de superioridad que la bondad. Donde quiera que la encuentro allí está mi hogar”.

Con esta carta, señor, quiero hacer justicia de tu inmensa aportación al espíritu del hombre con tu magistral obra musical. Con preferencias, por supuesto, a un reducido número de conciertos para piano y orquesta, para orquesta y violín, para piano, violín y violonchelo. Y tu Misa solemne en la que evidencias una creencia sólida desde el Kyrie cuya breve introducían orquestal dispone al hombre a solicitar tu presencia con exigencia a la vez que con respeto por lo que significas en situación tan comprometida. Una llamada insistente a la vez que pausada en conjunto y solistas más veces que tres por si estás lejos de este planeta o no llega a ti la súplica con tanto ruido externo e interno. No niego que en situación tan precaria, envuelto en el silencio más profundo trates de llamarle mil veces, pero si esto despierta o produce el mismo efecto en quien te escucha, bendita sea la madre que te parió y los pechos que te amamantaron.

La premura con que inicias el Gloria debe ser efecto de la súplica anterior atendida al momento. El ritmo impuesto aclara la influencia de Goethe en ti. En ningún momento se advierte desfallecimiento en este himno de gloria poniendo en acción a orquesta y coro, con pausas intermedias para descanso de la disciplina coral impuesta.

El credo, tú lo sabes bien, se compone de una letanía de dogmas dando prevalecía al cerebro que al corazón. Pero en momentos tan críticos, la creencia en Dios alcanza su máxima tensión cuando se traslada un concepto inabordable a un sentimiento vital que radica en el corazón. Y para cada dogma eliges un instrumento propio, un acento más penetrante, un protocolo adecuado. Y si es cierto que no provoca sensibilidades tan delicadas, la solidez de tu creencia queda rematadamente evidenciada. Si bien habías pasado por momentos de rebeldía contra Dios, al estilo de Pedro con Jesús,, inmediatamente recobras el sentido de la culpa y de ese perdón nace melodías increíbles.

Pero donde realmente, aunque sea entre ruidos de coches y camiones, de gente hablando en voz alta, entre platos y cacerolas en la cocina, incluso con el televisor encendido, es en el Sanctus y Benedictus donde la finura de tu alma, la delicadeza de tu corazón y el equilibrio mental infunde una ensoñación increíble. Por supuesto que tengo costumbre que no me ciegue la luz eléctrica o interfiera el silencio el vuelo de una mosca, porque al tiempo que acompaño con el alma el solo del violín me parece sumergirme en ese firmamento de azules y estrellas teñidas de divinidad. “Salida del corazón, para que pueda volver de nuevo al corazón”, tal es el lema que has querido dar a obra tan grandiosa. Me basta que la misa se redujera a este apartado donde tu complicidad con los ángeles o un anticipo visional antes de tu muerte de estar frente a Dios, ha sido posible verter tanta afabilidad, tanta quietud, tanta espiritualidad. La prestación de los ángeles ha tenido que ser muy espléndida, porque el solo de violín, cuyas notas proceden de la región más pura del mundo de los sonidos, aun no ha sido inventado por el hombre.

Realmente mágico. Quince minutos de composición mística como si tuvieras en tus manos el Kempis y al leerlo en alto las palabras se convirtieran notas y éstas buscaran su nido en el pentagrama. Hay mucho de transfiguración en este fragmento y de porfía de tu parte por lo ético y por lo bello. Una vez pusiste en entredicho la bondad divina, cuando la soledad abarcaba tu mundo interior, pilar y fuente de tu inspiración. Con este gran asomo musical te ha permitido reencontrar la serena quietud anímica para ultimar tu vida dialogando trinitaria mente, piano, violín y violonchelo con tu opus 97, cuyo andante de 11,56 minutos supone una traslación de la realidad al éxtasis. Incluso la naturaleza reventó de rabia a tu último suspiro, sabedora de que nadie volvería a descifrar la belleza de la creación del mundo como tú.

Félix J. Eguía

sábado, 4 de julio de 2009